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Reseña Histórica Institucional

Centro de Docencia, Prevención y Asistencia Integral del Drogadependiente

BREVE HISTORIA DESDE SU FORMACIÓN

Nuestra fundación data del año 1992 en Merlo, zona oeste del Gran Buenos Aires. Habiendo varios sistemas de tratamiento y auto-ayuda para luchar contra la drogodependencia que en aquellos tiempos preocupaba a una mínima parte de la población, ya que era un problema supuestamente de algunos. Con una visión preventiva para los años que se aproximaban y para lograr un tratamiento eficaz, serio y especialmente dedicado a la individualidad de cada paciente, el Sr. Alejandro Rosatti con grandes esfuerzos crea una nueva comunidad con un programa totalmente renovado y actualizado que lo denominó FUNDACIÓN VIVIRÉ.

El señor Alejandro Rosatti quien fue el fundador y hoy presidente de la fundación comenzó a dar ayuda y apoyo desde su experiencia en el consumo y con la convicción de alternativas válidas y dignas para la vida, desde la década del ´70 con la creación del C.P.D. (Comisión Civil de Prevención de la drogadicción). Fue entonces cuando entre 1975 a 1985 se pudieron rehabilitar a 115 jóvenes de ambos sexos. En el año 1985 por razones económicas deja de funcionar el C.P.D. Desde esta fecha y hasta el año 1992 realizó tareas ambulatorias en forma individual.

A partir de reiterados pedidos y ante los pasos agigantados de este flagelo decide con grandes esfuerzos personales reiniciar un sistema teniendo como base el sistema del C.P.D. pero con un programa enriquecido.

Fundación Viviré cuenta hoy con un equipo de personas y profesionales que desde su puesto de trabajo contribuyen a mejorar y adaptar permanentemente dicho programa de tratamiento.

NOSOTROS LOS PROFESIONALES (como nos llaman)

Comenzamos a trabajar en la Fundación cuando ésta hacía tres años que existía, como Comunidad Terapéutica, con un programa basado en el trabajo y la ayuda que brindan los que pudieron superar esta problemática a otros que la transitan. En un primer momento no fue fácil, todos nos teníamos que adaptar a discursos distintos, los operadores nos decían que ellos portaban un saber basado en su propia experiencia de vida ya que era ex-adictos y nosotros un saber universitario, académico y no estaban seguros si íbamos a poder comprender su dolor y sus vivencias. A pesar de ello, nos dieron un lugar y ahí comenzó nuestra tarea para poder incluirnos, hoy después de varios años podemos decir que conformamos un equipo de trabajo, donde el intercambiar nuestros “saberes” nos permite crecer y respetarnos en los distintos roles que nuestra labor nos demanda.

Con respecto al trabajo con los pacientes también es necesario realizar un recorrido, primero es fundamental la abstinencia del consumo, esto va a permitir que al no existir la droga como un obturador el adicto pueda expresar lo que siente, lo que le pasa y lo que le duele. Por otro lado, el hecho que nos permita interrogarlo y que pueda confiar en nuestra palabra rompe con el acto repetitivo que es drogarse, ritual que es atractivo e irresistible. Si bien los pacientes presentan distintas estructuras clínicas se puede observar ciertas características en común como fantasías infantiles, pensamientos mágicos, no aceptación de los límites, anulación de las diferencias, desafíos a la ley, en suma una incapacidad para aceptar la realidad con permanentes conductas de huída. En la interrelación del trabajo comunitario y el psicoterapéutico, donde uno brinda el marco del límite de la realidad y en el otro se da la posibilidad de interrogarse sobre sí y sus propias dificultades, esa persona que realiza su tratamiento va logrando un saber sobre sí mismo y generando nuevas formas de relacionarse y reinsertarse en la sociedad.

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